Danza para sanar las heridas del conflicto armado interno en Perú
Intérpretes fueron registrados este martes al ejecutar la "Danza para los que no están", en el "Lugar de la Memoria" (LUM), en Lima (Perú). EFE/Paolo Aguilar
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Danza para sanar las heridas del conflicto armado interno en Perú

Lima, 24 ago (EFE).- Teófila Ochoa es una de las miles de peruanas que, décadas después del conflicto armado interno (1990-2000), sigue buscando justicia y reparación por la muerte de sus familiares. La suya es una incesante lucha que plasma en una danza comunitaria junto a otras mujeres que perdieron a sus seres queridos.

Teófila Ochoa, una de las miles de peruanas que, décadas después del conflicto armado interno (1990-2000), sigue buscando justicia y reparación por la muerte de sus familiares, fue registrada este martes, durante una entrevista con Efe, en Lima (Perú). EFE/Paolo Aguilar

Ochoa tenía poco más de diez años cuando, el 14 de agosto de 1985, una patrulla del Ejército peruano irrumpió en su pueblo, Accomarca, en la sureña región andina de Ayacucho, donde estalló la actividad del grupo terrorista Sendero Luminoso.

Intérpretes fueron registrados este martes, luego de ejecutar la "Danza para los que no están", en el "Lugar de la Memoria" (LUM), en Lima (Perú). EFE/Paolo Aguilar

Ese día, recuerda, recibió el último abrazo de su madre, quien fue una de las 69 personas que murieron ametralladas por los militares. Otras cinco eran sus hermanos.

La operación se ejecutó en la quebrada de Llocllapampa, donde el Ejército creía que los terroristas adoctrinaban a la comunidad. Sacaron a los campesinos de sus casas, torturaron a los hombres y violaron a las mujeres hasta encerrarlos en una choza para matarlos.

“Los metieron allí en filas y empezó la balacera (…) a caer por arriba bombas, la casa de la gente empezó a explotar (…) y yo escapé porque, si yo no escapaba, a mí también me mataban”, relata a Efe la mujer, quien migró tras la masacre, huérfana, a Lima, para huir de la violencia de las fuerzas del orden y de los terroristas.

A ella también los militares la dispararon, pero no atinaron. La buscaron, pero se ocultó bajo “una piedra grande”. Tres días después, volvió junto a otros supervivientes al sitio de la matanza para enterrar con sus manos algunos restos calcinados.

“Allí yo encontré a mi madre, una parte, y en su espalda uno de mis hermanitos, cargado, (pero) teníamos que desaparecer porque los helicópteros estaban viniendo por el aire”, cuenta, entre lágrimas, quien esperó 37 años para poder dar una “digna sepultura” a sus familiares.

En ese lapso, Ochoa recurrió ante tribunales internacionales en su búsqueda para la verdad, justicia y reparación, una batalla constante que esta semana reflejó, junto a otras cinco mujeres de la Asociación de Familiares Afectados por la Violencia Política del Distrito de Accomarca, en forma de danza.

Es una iniciativa nacida bajo el paraguas del proyecto “Buenas Noticias” impulsado por el Teatro La Plaza y Sala de Parto, en alianza con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

“BUENAS NOTICIAS”

Aunque la iniciativa surgió en 2019 como una forma de reinterpretar la celebración tradicional del día de los muertos en Ayacucho, alcanzó un nuevo hito este año con la participación de estas seis mujeres que, a través de la expresión corporal, cuentan a sus familiares qué les pasó en estas casi cuatro últimas décadas.

El proyecto, según detalla a Efe su director artístico, Alejandro Clavier, tiene dos partes. La primera consta de un taller de danza comunitaria que busca que las mujeres “tengan un contacto consigo mismas y sus cuerpos, y descubran las capacidades expresivas del silencio” para “exteriorizar cosas que no se pueden decir con las palabras”.

La segunda etapa, continúa, busca compartir y visualizar “esta herida que sigue abierta” y de la que el país, en su totalidad, debe “hacerse cargo”.

“Tenemos que poder seguir comunicando que esto pasó, que estas personas no han tenido un entierro digno, no han tenido una reparación y es nuestro problema, no es su problema”, sentencia el joven director, tras criticar que, en la actualidad, los familiares de las víctimas sean “usados por los bandos políticos para generar narrativas a su favor”.

En esta edición del proyecto, el resultado han sido seis cortometrajes, transmitidos en Tiktok e Instagram, donde Teófila, Roberta, Alberta, Fernandina, Matilde y Sofía usan el lenguaje corporal para comunicar buenas noticias a sus seres queridos desaparecidos.

“Yo, a mi madre, la buena noticia (que) le dije (fue): ‘madrecita, tantos años he luchado desde muy niña (…), pero me entregarán tus restos y te llevaré hacia Accomarca, te haré el entierro digno y mi corazón (se) aliviará. Y tienes tres nietos, que son cariñosos y uno de mis hijos ha heredado tu frente y siempre pregunta dónde está la abuelita'”, apostilla Ochoa.

EXPRESAR PARA SANAR

Para Ochoa, este trabajo ha sido una suerte de “terapia”: “Hay un alivio cuando tú mueves tu cuerpo, cuando tú estás conectado a una música (…) es una relajación”, asevera.

Pero, sobre todo, ha sido también una manera de alentar a otras víctimas del conflicto armado interno a alzar su voz en favor de la justicia o, al menos, ayudarlas al saber que no están solas.

“Si nosotros no hubiéramos hablado (…) nada hubiera pasado. La verdad, donde sea, saldrá a la luz porque el sol no lo puedes tapar con tu mano ni con tu dedo, porque va a alumbrar a todos”, reflexiona la mujer, quien considera esencial mantener viva la memoria “para que nunca más se repita” esta historia.

Carla Samon Ros